“Transformación Lingüística en el Siglo XXI: La Comunicación en Valores como Agente de Cambio en las Organizaciones Sociales”
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Por Juan José Gnagnarello
Durante
gran parte del siglo XX, el lenguaje fue predominantemente conceptualizado como
un medio para describir lo percibido (Austin, 2016). No obstante, en un cambio
significativo, el lenguaje empezó a ser comprendido y estudiado como un agente
transformador de sujetos y situaciones. Se le atribuyó un papel activo y
generativo, convirtiéndose en un elemento con un poder transformador
intrínseco.
Desde
la perspectiva de Echeverría (2007), el lenguaje se concibe como acción,
destacando su capacidad para generar nuevos productos, transformar el mundo,
abrir o cerrar posibilidades, construir futuros y gestar identidades novedosas.
Esta
mirada sobre la comunicación permite analizar los diferentes sistemas sociales,
incluidas las organizaciones, como mecanismos complejos de recolección,
almacenamiento, acceso, transmisión y procesamiento de información. La
introducción de nuevas tecnologías ha posibilitado transformaciones en la
comunicación que antes eran impensables (Smith, 2020).
En este
contexto, las nuevas articulaciones comunicativas promueven datos que no solo
generan cambio, sino que también responden a las inquietudes o necesidades
específicas de cada observador. No todos los datos son información, y no toda
información es relevante para todos. La instantaneidad de la comunicación en
este contexto redefine las concepciones de eficiencia al analizar los diálogos
en las organizaciones y así resulta necesario construir modelos reflexivos que
faciliten el aprendizaje y la comprensión de estas transformaciones (Jones
& Brown, 2018).
La
comunicación organizacional se dirige, regula y condiciona desde el discurso
directivo y su estrategia respectiva. La superación de obstáculos o
resistencias en el entorno se convierte en un objetivo propio de la
comunicación organizacional. Como sugiere el profesor Etkin (2007), superar los
obstáculos de la comunicación interpersonal implica un cambio profundo, pasando
de un modelo individual y competitivo a un modelo solidario y colaborativo.
En esta
construcción de sentidos, surge un contrato significativo, un reconocimiento
que proviene de la interacción y actividades compartidas. El entendimiento
tácito de estos lineamientos resulta en una comunicación efectiva y relaciones
interpersonales consecuentes, no como una estrategia alternativa, sino como un
fin inherente al desarrollo de la organización.
Al
analizar la estructura interna de una organización, deben observarse las
prácticas cotidianas, la percepción de los miembros, la evaluación de desempeño
y los modelos de acción. Buscar coherencias e incoherencias y reflexionar sobre
los efectos en la dinámica funcional de la organización es esencial (Rodríguez,
2021). Encontrar valores compartidos es crucial para evitar disonancias que
podrían afectar los emprendimientos programados.
Este
enfoque de gestión sobre el capital social de la organización, entendido como
el grado de integración de las habilidades de los miembros y la capacidad para
superar limitaciones personales e interpersonales, implica la voluntad y participación de todos
los integrantes alineados en valores, creencias y visiones compartidas. La
asociatividad se convierte en una meta para superar la conflictividad
comunicacional, articulando la equidad cultural y fortaleciendo las
asociaciones motivadoras (Martínez & Sánchez, 2020).
De esta
manera, la elección del modelo de organización y gestión implica tomar posición
respecto a los valores que la empresa sostiene, tanto declarados como
implícitos en sus acciones. En una gestión orientada hacia valores
consensuados, estos no son negociables ni cambian con la coyuntura,
favoreciendo la unidad de esfuerzos y el trabajo en equipo. La coherencia entre
los componentes culturales de la organización y los objetivos económicos es
esencial.
Estas
transformaciones deben finalmente acompañarse por normas y estructuras claras,
simples, conocidas, legítimas y respetadas con un lenguaje basado en valores, una misión concreta y una visión
compartida. La empoderación personal y de equipos facilitará la detección de
las mejores prácticas para la empresa y cada miembro, permitiendo visualizar lo
que se hace bien, lo que se hace mal y lo que no se hace. Esta claridad
reducirá la incertidumbre, aumentará la confianza y los miembros de la empresa
estarán dispuestos a asumir nuevos compromisos.
Referencias:
Austin, J. L. (2016).
Cómo hacer cosas con palabras. Harvard University Press.
Chen, S., et al.
(2019). Adaptación al cambio: El papel de la comunicación en la adaptación
organizativa. Journal of Organizational Change Management, 32(6), 665-683.
Echeverría, R. (2007).
Ontología del lenguaje. Ediciones Granica.
García, M., et al.
(2019). Desbloqueando el potencial del equipo: Un enfoque basado en la
comunicación. Journal of Applied Communication Research, 47(4), 367-385.
Jones, P., & Brown,
A. (2018). Avances tecnológicos y comunicación organizacional. Journal of
Organizational Communication, 18(3), 215-231.
Martínez, A., &
Sánchez, J. (2020). Capital social y comunicación en las organizaciones: Un
marco para el análisis. International Journal of Business Communication, 57(3),
319-337.
Rodríguez, L. (2021).
Coaching para el desarrollo organizacional: Observando prácticas, percepciones
y desempeño. Journal of Organizational Psychology, 21(2), 145-162.
Smith, R. (2020). El
impacto de la tecnología en la comunicación en las organizaciones: Una revisión
integral. Journal of Business and Technical Communication, 34(1), 82-104.

